Estoy en un lugar alejado a todo lo que conocía, ahora es mi nuevo lugar conocido. Llegué hace exactamente un año, aquí, al pueblo donde sale el sol todos los días.
Estando aquí no he visto llover. Extraño el sonido de la lluvia pegando fuertemente sobre el techo de mi verdadera casa. El sonido de los truenos retumbando sin piedad, el sonido del viento meciendo sin clemencia los árboles altos de mango en el patio trasero.
Aquí, el cielo está gris, apunto de derrumbarse sobre nuestras cabezas, a punto de llorar como nunca antes lo había hecho, un cielo triste y deprimido que quiere gritar y derramar todo aquello que acumuló desde el Pacífico. Sin embargo, no llueve. Quizás algún rocío, unas gotas casi imperceptibles, pero no llueve.
La lluvia para mí es un tema controvertido. Yo amo/odio la lluvia. En mi verdadera casa, se tenían que dar ciertos factores para que la lluvia fuese bienvenida y amena. No estar sola era el factor principal, preferiblemente con mi mamá, tomando café, con un buen tema de conversación, a eso de las cinco de la tarde.
viernes, septiembre 13, 2019
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