de un grisáceo lunar, desértico y rocoso. Es la principal característica de todo aquel pueblo que se encuentra fuera del centro de Lima. San Juan de Lurigancho, Chaclacayo, Chosica y más allá, hacia el extremo que veas, te encontraras con el mismo paisaje grisáceo. Es lo que más me fascina, porque difiere totalmente de las montañas con aquella espesura verde y llena de vida de Caracas y los Valles del Tuy. Estos cerros me hacen recordar que no estoy en Venezuela, y que, de hecho, me encuentro en un lugar completamente distinto y lejano al que estaba acostumbrada.
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viernes, agosto 14, 2020
subiendo la montaña! visitando la catarata antankallo
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Wanda
Cuando yo llegué a Chosica por primera vez, lo primero que captó mi atención fueron los cerros
lunes, febrero 10, 2020
punta negra!! primer viaje a una playa peruana
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Wanda
miércoles, noviembre 13, 2019
primeros años
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Wanda
Mi nombre es Wanda y según los registros, nací en la madrugada de un nueve de marzo. De mi niñez recuerdo muy poco, sólo que me gustaba pintar un montón. Dibujaba por aquí y por allá, las portadas de los casets del VHS y lo papeles que veía por ahí.
Tenía muchos juguetes, algunos estaban guardados en un extraño tubo largo de cartón duro que sabrá Dios qué era, algunos estaban guardados en cajas, y otros adornaban una mesita. Le tenía miedo a la oscuridad, así que tenía una lampara, una lampara ventilador, es decir, el ventilador en su cuerpo tenía una pequeña bombilla que se quemaba de vez en cuando, y mi padre movía cielo y tierra para comprar otra que sirviera.
Mi cama era anormal. Tenía un armazón súper complejo formado por dos arcos de tubería flexible en cada extremo y una cubierta de tela de velo cubriéndolo todo. Eso era para que los mosquitos no me picaran. La tela era tan fina y delicada que siempre terminaba rota en algún lado, y mi madre siempre la cosía, convirtiéndola así en una tela toda remendada, llena de parches y cinta adhesiva.
Había un ritual para cuando llegaba la hora de dormir, mi madre o mi padre, o ambos me llevaban a mi cuarto y me metían en mi caverna anti mosquitos, rezábamos el ‘ángel de la guarda’, cerraban el velo de modo que nada me molestase en la noche y encendían el ventilador cuya lampara también encendía automáticamente.
Era quisquillosa con la comida. No me gustaba comer casi nada, y eso me produjo un severo caso de estreñimiento. Yo era como una luz en la oscuridad para los mosquitos, tenía toda la piel llena de picaduras, cuan varicela, por lo que siempre tuve que usar pantalones largos y suéteres, nada de shorts ni camisas cortas. Mi cabello siempre fue un desastre porque mi mamá nunca supo cómo peinarlo.
Tenía un patio grande donde jugaba. Subía a los arboles y hacía de ellos centros comerciales. Tuve tres perros, jugué con barro haciendo figuras y pintándolas con tempera. Hice manualidades e inventé varios amigos imaginarios, los cuales un día se fueron para siempre.
Fui muy feliz. Mi único trauma y mayor miedo era que la lucecita de mi lampara se apagase en medio de la noche o que mis padres no escucharan mi llamado para cuando quería orinar en la madrugada. Mi única preocupación fue que mi mamá cocinara sopa, mi comida menos favorita, o no ver a mi papá por más de tres noches seguidas.
No entendía muchas cosas, pero estaba bien. Crecí lentamente, y mis padres me lo dieron todo, excepto un hermanito, pero tuve juguetes y colores para pintar.
Amo lo que fue mi niñez.
Tenía muchos juguetes, algunos estaban guardados en un extraño tubo largo de cartón duro que sabrá Dios qué era, algunos estaban guardados en cajas, y otros adornaban una mesita. Le tenía miedo a la oscuridad, así que tenía una lampara, una lampara ventilador, es decir, el ventilador en su cuerpo tenía una pequeña bombilla que se quemaba de vez en cuando, y mi padre movía cielo y tierra para comprar otra que sirviera.
Mi cama era anormal. Tenía un armazón súper complejo formado por dos arcos de tubería flexible en cada extremo y una cubierta de tela de velo cubriéndolo todo. Eso era para que los mosquitos no me picaran. La tela era tan fina y delicada que siempre terminaba rota en algún lado, y mi madre siempre la cosía, convirtiéndola así en una tela toda remendada, llena de parches y cinta adhesiva.
Había un ritual para cuando llegaba la hora de dormir, mi madre o mi padre, o ambos me llevaban a mi cuarto y me metían en mi caverna anti mosquitos, rezábamos el ‘ángel de la guarda’, cerraban el velo de modo que nada me molestase en la noche y encendían el ventilador cuya lampara también encendía automáticamente.
Era quisquillosa con la comida. No me gustaba comer casi nada, y eso me produjo un severo caso de estreñimiento. Yo era como una luz en la oscuridad para los mosquitos, tenía toda la piel llena de picaduras, cuan varicela, por lo que siempre tuve que usar pantalones largos y suéteres, nada de shorts ni camisas cortas. Mi cabello siempre fue un desastre porque mi mamá nunca supo cómo peinarlo.
Tenía un patio grande donde jugaba. Subía a los arboles y hacía de ellos centros comerciales. Tuve tres perros, jugué con barro haciendo figuras y pintándolas con tempera. Hice manualidades e inventé varios amigos imaginarios, los cuales un día se fueron para siempre.
Fui muy feliz. Mi único trauma y mayor miedo era que la lucecita de mi lampara se apagase en medio de la noche o que mis padres no escucharan mi llamado para cuando quería orinar en la madrugada. Mi única preocupación fue que mi mamá cocinara sopa, mi comida menos favorita, o no ver a mi papá por más de tres noches seguidas.
No entendía muchas cosas, pero estaba bien. Crecí lentamente, y mis padres me lo dieron todo, excepto un hermanito, pero tuve juguetes y colores para pintar.
Amo lo que fue mi niñez.
lunes, noviembre 04, 2019
Húmeda cayena
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Wanda
Julio húmedo verano, época de lluvias, han de ser sus días favoritos. Queridas y nostálgicas épocas de lluvias que no huelo más. Recuerdo que, de joven, a través de la ventana de mi habitación sentía algo más que humedad mezclándose con el calor y olor a tierra mojada. Querida llovizna, querido trueno, que resonabas y me hacías estremecer profundamente, y que ya no escucho más. Esos días he de estar en solitario con la mirada perdida a través de la ventana, la lluvia inclemente precipitándose al suelo y mojándolo todo, desorientada por el ruido de las gotas colisionando contra el techo y una intranquilidad absurda apoderándose de mí.
La primera vez que he de verla fue un día de lluvia, entonces sentí la sensación de que sólo la vería siempre y cuando estuviese lloviendo. La hora era incierta, el cielo oscurecido por gruesas nubes grises, y la lluvia inclemente, como si el cielo se estuviese cayendo a pedazos. Sólo era yo, mi lectura y la lluvia. Nadie más en casa, y entonces también su mirada a través de la ventana.
La vi, mojada, triste, melancólica, no enojada pero su mirada reprochaba, no a mí, sino a ella misma y desorientada, intentaba preguntarme con sus ojos algo que nunca supe, y que de saberlo, no sería capaz de responder. Me levanté, asustada, y debí haberla alertado, porque escapó, y cuando miré por la ventana, no la vi más.
Supe de inmediato que ella no pertenecía a este mundo, no debía serlo.
Esos ojos melancólicos, hermosos como una cayena, nunca he de olvidarlos.
Ella me visitaría sólo los días lluviosos, y sólo si he de encontrarme sola. Si bien sus intenciones no eran malignas, tampoco eran inofensivas. Su aura denotaba tristeza, una profunda, una que yo no sería capaz de sanar, ni siquiera entender o sentir alguna vez en mi vida. No sabría por qué visitaba mi casa, no sabría por qué asomaba su mirada a través de mi ventana, pero era algo tan certero que se hizo normal en los días lluviosos, solitarios, melancólicos.
Su mirada ha de ser tan penetrante, que podía sentirla incluso aunque la ventana estuviese cerrada. A veces, cuando llovía, yo la abría. Ella me lo gradecería sin hablar, me lo comunicaría con su mirada y luego se iría sin dar razones, de la misma forma como habría aparecido, esfumándose con el cese del aguacero.
viernes, septiembre 13, 2019
El lugar donde no he visto llover
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Wanda
Estoy en un lugar alejado a todo lo que conocía, ahora es mi nuevo lugar conocido. Llegué hace exactamente un año, aquí, al pueblo donde sale el sol todos los días.
Estando aquí no he visto llover. Extraño el sonido de la lluvia pegando fuertemente sobre el techo de mi verdadera casa. El sonido de los truenos retumbando sin piedad, el sonido del viento meciendo sin clemencia los árboles altos de mango en el patio trasero.
Aquí, el cielo está gris, apunto de derrumbarse sobre nuestras cabezas, a punto de llorar como nunca antes lo había hecho, un cielo triste y deprimido que quiere gritar y derramar todo aquello que acumuló desde el Pacífico. Sin embargo, no llueve. Quizás algún rocío, unas gotas casi imperceptibles, pero no llueve.
La lluvia para mí es un tema controvertido. Yo amo/odio la lluvia. En mi verdadera casa, se tenían que dar ciertos factores para que la lluvia fuese bienvenida y amena. No estar sola era el factor principal, preferiblemente con mi mamá, tomando café, con un buen tema de conversación, a eso de las cinco de la tarde.
Estando aquí no he visto llover. Extraño el sonido de la lluvia pegando fuertemente sobre el techo de mi verdadera casa. El sonido de los truenos retumbando sin piedad, el sonido del viento meciendo sin clemencia los árboles altos de mango en el patio trasero.
Aquí, el cielo está gris, apunto de derrumbarse sobre nuestras cabezas, a punto de llorar como nunca antes lo había hecho, un cielo triste y deprimido que quiere gritar y derramar todo aquello que acumuló desde el Pacífico. Sin embargo, no llueve. Quizás algún rocío, unas gotas casi imperceptibles, pero no llueve.
La lluvia para mí es un tema controvertido. Yo amo/odio la lluvia. En mi verdadera casa, se tenían que dar ciertos factores para que la lluvia fuese bienvenida y amena. No estar sola era el factor principal, preferiblemente con mi mamá, tomando café, con un buen tema de conversación, a eso de las cinco de la tarde.
sábado, julio 14, 2018
Mi primera aventura en solitario: acampada en Tayrona
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Wanda
El día que supe de la existencia de un parque nacional colombiano llamado Tayrona fue el día en que me propuse lanzarme a mi primera aventura en solitario. Tayrona es una belleza natural, un área reservada por el gobierno colombiano en el cual convergen armónicamente un extenso conjunto de playas y un mágico bosque montañoso.
Puesto que trabajo de lunes a sábado, pensé ir un domingo en la mañana y regresar a casa de tarde, pero leyendo reseñas en blogs de viajes me enteré que éste parque era demasiado grande como para conocer toda su majestuosidad en un solo día, así que lo mejor era pasar, al menos, dos días alojados en el parque.
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