así, no soy feliz, ni un poquito. Estoy triste, oscura, negra, vacía, sin sensaciones, sin sentimientos, sin motivos para seguir, sin ambiciones, sin metas, sin fuerzas, sin algo, con nada. Soy simplemente lo que los demás quieren que yo sea. Quiero dejarlo todo, irme, irme a la mismísima MIERDA perderme de todo, irme definitivamente, irme para siempre, perderme en la nada, desaparecer de todos los que me conocen, simplemente ser nadie, ser nada, no estar en ninguna parte, convertirme en una memoria lejana que sólo se recuerda una vez en la vida y luego se olvida para siempre.
martes, noviembre 26, 2019
lunes, noviembre 18, 2019
Libros de autoayuda
Tu vida y la mía terminaron hace algún tiempo. No puedo ni siquiera determinar cuándo dejaste de soñar, o cuando yo lo hice. No recuerdo cuando dejamos de ser dueño de nuestras propias acciones, o cuando nuestra libertad fue arrebatada.
domingo, noviembre 17, 2019
El mundo es muy cruel
¿Has escuchado el sonido de tu alma siendo desgarrada por la realidad? Es inevitable como la muerte misma, porque vivimos en un mundo que es más cruel que bondadoso.
viernes, noviembre 15, 2019
Julio Lluvioso
Las épocas de lluvias son mis favoritas. Puedo ver el espectro de mí misma asomándose por la ventana de mi habitación, es el augurio de una muerte inminente. El café me sabe a tierra húmeda de lluvia, el ruido del silencio se esparce por doquier y me estremece.
miércoles, noviembre 13, 2019
cuando el frío no provoca calor
Fue cuando vi en mi propio reflejo la mirada perdida de un ser solitario, que puede entender lo que significa estar desorientado pretendiendo tenerlo todo bajo control. Entiendo el sentimiento de tener que dejar para siempre lo que se era, sé lo que significa erradicar toda memoria para negar el futuro. Llegar físicamente a una tierra donde lo conocido se desconoce y donde sólo hay rostros difusos, es renegarlo todo y comenzar desde un principio incierto.
Reprimir la frustración es algo de lo que me he vuelto experta puesto que lo concibo con una calma majestuosa y paciencia clemente mientras espero sentada frente a la venta el momento en el que todo acabe. A través de esa ventana se puede observar el ritmo de vida exterior, un ciclo pecaminoso de monotonía en el que participa la sociedad general de un país lejano al mío, donde todos son extranjeros sin excepciones y donde todos sufren el clamor de una esclavitud absurda. Y allí estoy yo, paciente, esperando ese final que nos hace a todos seres humanos. Entonces, mientras pienso en lo que pudo ser y en lo que jamás pasará, al mismo tiempo que anhelo un futuro maravilloso y planeo el orden de acontecimientos fortuitos que certeramente caerán sobre mí, siento el frío viento de una estación confusa, que, a pesar de ser julio, me hela la sangre y ya no me da calor.
Entonces pienso: el final habrá llegado cuando el frío vuelva a producir frío en mí. Puesto que el calor ya no me produce frío, así como el frío no me produce calor.
martes, noviembre 12, 2019
Los Ganadores
En lo más profundo de la oscuridad propia de la noche, a una hora en la que el frío no provoca calor y en un momento de mi vida en el que francamente estoy agotada de convivir con la soledad, me pregunto en voz alta si algún día ganaré.
Me he esforzado, y Dios lo sabe. He hecho lo que está al alcance de mis manos para ganar, he llorado todo lo que un ser humano puede ser capaz de llorar, he corrido hasta que mis piernas no pueden sostenerse en pie, he gritado hasta que mis voz se ha ido por completo, he leído miles de millones de letras cargadas de significado, he observado las más hermosas puestas de sol en los picos de montañas más empinados y he memorizado el olor de todas las queridas nostálgicas y húmedas épocas de lluvias. Lo he intentado, he peleado por ello, me he desvelado, he saboreado la sangre, las lágrimas y el fracaso. He estado a punto de rendirme, cientos y miles y millones de veces, pero he seguido, arrastrándome por el suelo, impulsándome con mis uñas. La esperanza me ha abandonado, y ha vuelto, y me ha abandonado, y ha regresado a mí, me ha observado misericordiosamente, con lástima, apiadándose de mí, quedándose para abandonarme justo al final cuando creí haber ganado y todo había sido una cruel ilusión. He buscado y he rezado, Dios lo sabe y la lluvia también.
Dios sabe que he intentado más que nadie en este maldito mundo, y es inevitable llegar al punto de preguntármelo con seriedad. ¿Valdrá la pena intentarlo tanto? ¿Servirá de algo todo mi trabajo? ¿Algún día ganaré?
Sueño con ese momento, acostada en mi cama rodeada de fracasos y segundas oportunidades sueño con el sabor de la victoria. Sólo puedo fantasear y anhelar con cada célula de mi cuerpo que dicho triunfo no esté tan lejos como lo parece.
viernes, noviembre 08, 2019
Queridas y Nostálgicas Épocas de Lluvias que No Huelo Más
Era julio, bello húmedo asqueroso verano, ideal para visitar la bahía, Playa Salguero en la puesta del sol, en Santa Marta, o más al oriente, dónde nací cuando el milenio casi culminaba. La lluvia caía inclemente como solía caer siempre por esas fechas, y la tristeza era tan insoportable que ni la sentí.
No supe que estaba así de jodida sino cuando, de la nada, empecé a reír porque sí, y nada importó. No importó todo por lo que luché en la vida, no importó todo por lo que alguna vez me interesé en la vida, el concepto abstracto de lo que consideraba “vida” se marchó de mi mente para siempre, como si nunca hubiese estado allí. Todo se tornó blanco y confuso, tranquilo, como si hubiese hallado la solución al complicado acertijo: “claro, es eso” pensé. La lluvia también lo sabía, ella me lo dijo.
Por esas fechas la cayena húmeda ha de asomarse por la ventana, y yo a miles de kilómetros, revolcándome en mi propia miseria me sonreí al espejo, recordando aquellas queridas y nostálgicas épocas de lluvias que no huelo más y entendiendo lo ignorante que era en ese entonces. Caminando sobre la arena de una hermosa playa en Punto Fijo, clavándome en la planta de los pies miles de conchas y escuchando el llamado del viento del Caribe, susurrándome lo jodida que desde entonces estaba y yo siguiendo ignorante, hasta hoy.
Todos sonríen a mi alrededor, como si se burlarán de mí.
¡Bien, búrlense, imbéciles! ¿Creen que no sé qué estoy jodida? Jódanse. Estoy tan sola que hasta mi propio reflejo en el espejo se burla de mí. No sé quién es ella, horrible, perfectamente maquillada con un labial que realza su belleza, un peinado intrincado y un vestido despampanante, me mira a través del espejo y estoy sola. Debo ser yo, pero es muy perfecta para ser yo, así que lo dudo. Yo estoy jodida, por dentro y por fuera y a mi alrededor. No tengo nada, vacía, sin nadie, sola, sin metas, sin ambiciones, sin motivos para seguir, aparentando ser perfecta frente a nadie, porque no tengo a nadie, ni siquiera me tengo a mi misma.
Ese día, mientras llovía, en el viento escuché un susurro que me motivó a nada. Me sentí tranquila, porque al menos tenía algo: la certeza de no tener nada, estaba jodida. Desde entonces, no he de sentirme acompañada nunca más.
lunes, noviembre 04, 2019
Húmeda cayena
Julio húmedo verano, época de lluvias, han de ser sus días favoritos. Queridas y nostálgicas épocas de lluvias que no huelo más. Recuerdo que, de joven, a través de la ventana de mi habitación sentía algo más que humedad mezclándose con el calor y olor a tierra mojada. Querida llovizna, querido trueno, que resonabas y me hacías estremecer profundamente, y que ya no escucho más. Esos días he de estar en solitario con la mirada perdida a través de la ventana, la lluvia inclemente precipitándose al suelo y mojándolo todo, desorientada por el ruido de las gotas colisionando contra el techo y una intranquilidad absurda apoderándose de mí.
La primera vez que he de verla fue un día de lluvia, entonces sentí la sensación de que sólo la vería siempre y cuando estuviese lloviendo. La hora era incierta, el cielo oscurecido por gruesas nubes grises, y la lluvia inclemente, como si el cielo se estuviese cayendo a pedazos. Sólo era yo, mi lectura y la lluvia. Nadie más en casa, y entonces también su mirada a través de la ventana.
La vi, mojada, triste, melancólica, no enojada pero su mirada reprochaba, no a mí, sino a ella misma y desorientada, intentaba preguntarme con sus ojos algo que nunca supe, y que de saberlo, no sería capaz de responder. Me levanté, asustada, y debí haberla alertado, porque escapó, y cuando miré por la ventana, no la vi más.
Supe de inmediato que ella no pertenecía a este mundo, no debía serlo.
Esos ojos melancólicos, hermosos como una cayena, nunca he de olvidarlos.
Ella me visitaría sólo los días lluviosos, y sólo si he de encontrarme sola. Si bien sus intenciones no eran malignas, tampoco eran inofensivas. Su aura denotaba tristeza, una profunda, una que yo no sería capaz de sanar, ni siquiera entender o sentir alguna vez en mi vida. No sabría por qué visitaba mi casa, no sabría por qué asomaba su mirada a través de mi ventana, pero era algo tan certero que se hizo normal en los días lluviosos, solitarios, melancólicos.
Su mirada ha de ser tan penetrante, que podía sentirla incluso aunque la ventana estuviese cerrada. A veces, cuando llovía, yo la abría. Ella me lo gradecería sin hablar, me lo comunicaría con su mirada y luego se iría sin dar razones, de la misma forma como habría aparecido, esfumándose con el cese del aguacero.
viernes, septiembre 13, 2019
El lugar donde no he visto llover
Estando aquí no he visto llover. Extraño el sonido de la lluvia pegando fuertemente sobre el techo de mi verdadera casa. El sonido de los truenos retumbando sin piedad, el sonido del viento meciendo sin clemencia los árboles altos de mango en el patio trasero.
Aquí, el cielo está gris, apunto de derrumbarse sobre nuestras cabezas, a punto de llorar como nunca antes lo había hecho, un cielo triste y deprimido que quiere gritar y derramar todo aquello que acumuló desde el Pacífico. Sin embargo, no llueve. Quizás algún rocío, unas gotas casi imperceptibles, pero no llueve.
La lluvia para mí es un tema controvertido. Yo amo/odio la lluvia. En mi verdadera casa, se tenían que dar ciertos factores para que la lluvia fuese bienvenida y amena. No estar sola era el factor principal, preferiblemente con mi mamá, tomando café, con un buen tema de conversación, a eso de las cinco de la tarde.