lunes, junio 11, 2018

Lo que alguna vez prometimos…


Lo que alguna vez prometimos…
By Wanda Meyer

Para Lalo Guy, mi mejor amiga por siempre.


             Buenos días, tardes, noches. 

Aquí en Santa Marta ya llegó la temporada de lluvia, pero sigue haciendo un calor ilógico. 

Te voy a contar algo que ha estado rondando mi cabeza, y eso está conectado con mi experiencia aquí en este lugar sin ti y sin Cartanal y sin Altamira y sin Santa Teresa. Te lo voy a contar todo desde el principio. 

Cuando pasé por el puente de Maracaibo sentí algo extraño. No lo puedo expresar, no fue malo, pero tampoco fue bueno. Fue un sentimiento neutro. Estaba amaneciendo, y recuerdo que en el Terminar de Charallave Sur me había tomado una chicha antes de salir en el expreso, así que me dolía un poco el estómago. Te juro que no sabía que pensar. Mi mente estaba en blanco. No sabía que estaba haciendo, sólo que lo estaba dejando todo. Algo me decía que no regresaría pronto, pero no me sentí triste. 

Ahora que lo pienso, yo en Venezuela no era feliz. La verdad yo nunca he sido feliz. Creo que la felicidad es una fantasía, muy poca gente es capaz de obtenerla. Hay gente que está bien, gente que está mal, y gente que está neutral. No creo que la felicidad sea tan fácil de conseguir, sólo pocos la han podido alcanzar, y yo aún no estoy entre ese selecto grupo. Al decir “no he sido feliz” no me refiero a que he vivido un infierno. De hecho, es al contrario: creo que mi vida ha sido bastante neutral, ni buena ni mala, sólo neutral. Tengo una buena familia y tengo buenos amigos, no he sufrido traumas ni accidentes ni enfermedades mortíferas. Ha sido una vida neutral, pero ahora estoy en un dilema. ¿Quiero seguir viviendo mi vida de esta forma, neutralmente?

Sentí miedo. Cuando crucé el puente de Maracaibo dije “mierda, en verdad estoy dejando el lugar en donde crecí, donde me conocen y donde yo conozco”. Ahora me dirigía a un sitio totalmente desconocido.

Llegamos a la casa de una amiga, y al instante sentí que algo estaba mal. Era en un cerro en el quinto carajo de la montaña. Había que subir una pendiente casi vertical. Había unas escaleras que parecían no tener final, y en cierto punto las escaleras desaparecían y tú tenías que escalar por unos cauchos cual Tarzán. 

No quería quejarme, no debía quejarme. Pero es que no había ni asfalto. Había demasiados mosquitos, el baño no tenía puerta, era solo una cortina, y estaba afuera de la casa. Para hacer tus necesidades y bañarte debías salir a un cuartico en el patio. Había como 14 personas con las que nunca había tenido demasiada confianza y el piso estaba destruido y cuando llovía: el pantanero. Y ni mi mama ni yo teníamos un solo peso, porque mi papá todavía no nos había depositado.

Yo me sentí un auténtico parasito. Comía, bebía y era mantenida por alguien que no conocía del todo. 

Bueno, recuerdo que, al siguiente día de haber llegado, bajamos a la playa. Yo no tenía ánimos para bañarme, pero de todas formas estaba emocionada. Total fue mi desilusión: la playa era simplemente terrible. Nunca vengas a Santa Marta con el pensado de bañarte en una de estas playas. Quizás haya algún pequeño paraíso por allí escondido, pero las que he visitado son terribles: en una de ellas incluso desemboca descaradamente un rio de agua sucia, un desagüe, río de mierda hediondo maloliente, como quieras llamarlo. 

Las veces que me bañé en la playa lo hice sola. No conocía a nadie. Y al día siguiente amanecí con pepitas raras en mi cuerpo. 

Cuando mi padre nos pudo depositar, finalmente pudimos salir de aquel cerro que ya me tenía un poquito harta. 

Mi mamá y yo conseguimos un arriendo más o menos accesible abajo, como a un kilómetro y medio de la playa, y comenzamos a buscar trabajo, cosa casi inhumanamente imposible para mí: una muchacha que desde pequeña estuvo acostumbrada de conseguirlo todo de un modo accesible. 

Soy buena dibujando, soy buena escribiendo, redactando, pintando, exponiendo, traduciendo, entiendo ciertos temas. Pero aquellas habilidades de las que me sentía tan orgullosa de pronto perdieron su valor cuando me di cuenta de una impactante verdad: no sirven de nada en el mundo real.

En mi pequeña e inocente y floja mente eran suficientes. Eran todo. Pero no significan absolutamente nada. Si debía negociar, no sabría porque no soy buena tratando con el público. Si debía ser cajera, no serviría porque no soy buena con los números. Si debía cocinar, no podía porque hasta el agua se me quema. Si debía limpiar, casi nunca lo hice en mi casa, así que ¿qué me aseguraba que lo haría bien? Sí lo que importaba era mi presentación, mi ropa es terrible y barata, mi pelo es un caso serio, tengo brackets, uso lentes… mejor dicho, por la apariencia ya podía irme rindiendo también. 

Dios, era frustrante afrontar la realidad. Simplemente quise rendirme. Entonces finalmente encontré trabajo: encargada de una tienda.

Te juro por lo más sagrado que pensé estar feliz. Pensé que lo había sentido, pero entonces otra realidad me golpeó. No era para nada buena con esa tienda, y tampoco lo sería. Intentaré explicar por qué:

Primero, ni mi propio jefe se preocupaba por esa tienda. ¿Cómo yo, una niña sin previa experiencia, sacaría una tienda de mierda que ya estaba al borde del colapso?

Segundo, la tienda sólo estaba allí como una cortina de humo para el verdadero negocio: las transferencias a Venezuela, que parecía ser un negocio bastante productivo en ese entonces. Estamos hablando de octubre del año pasado (2017).

Tercero, me la pasaba todo el día, desde las 7:40am hasta las 10:00pm allí metida, intentando hacer bien mi trabajo. Cuando venía el jefe, yo me levantaba y lo saludaba. Después mi horario disminuyó, de 7:40am hasta las 9:00pm.

Estaba cansada. 

Me sentía ciertamente mal, porque muchas personas darían mucho por estar allí en mi lugar, trabajando sentada y con total accesibilidad a wifi, así que yo intentaba por todos los medios de no quejarme. No quería ser egoísta. Pero ahora que lo pienso, ¿Qué de malo hay en quejarse? ¿Qué de malo hay en no conformarse? ¿Qué de malo hay querer algo mejor?

El destino pareció conspirar a mi favor cuando me aumentaron el sueldo y me bajaron media hora de trabajo. Ahora en lugar de 25, cobraba 35 mil pesos y trabajaba hasta las 8:30. Estaba mejorando poco a poco. En diciembre vino J.A., y su llegada me enseñó una lección importante:

No confíes ni en tu propia familia. 

J.A. partió de Santa Marta de la misma forma como llegó: repentinamente, silenciosamente, caminando en cuclillas como si estuviese dejando la escena del crimen. Creo que J.A. se merece nuestros más profundos aplausos: él llegó creyendo que todo le saldría bien, y ciertamente, así fue. Vio una estupenda oportunidad de reírse en la cara de todos, usar un poco de su encanto y el don de la palabra que Dios le dio, y le tapó los ojos a todo el mundo. Pero entonces, vio que la realidad era otra: la realidad era cruel, principalmente con aquellos que eran impacientes. J.A. quiso conseguir dinero lo más rápido posible, pero eso es falso. El dinero aquí no se consigue así. Tienes que tener en cuenta de que no eres el único, hay miles de personas que están en tu lugar, y hasta peor.

J.A. lo vio muy difícil. Un día decidió tomar el dinero que yo estaba ahorrando para regresar a Venezuela de un modo triunfante. Llevándose comida, ropa nueva, un poco más de vitalidad y peso, nuevas experiencias y, por supuesto, dinero que él “arduamente obtuvo con su esfuerzo” (entre comillas). Todo lo hizo en frente de mis narices, y yo ni cuenta me di. No hay que negar que tiene talento, el desgraciado.

A finales de marzo, finalmente mi jefe me propuso un nuevo puesto: que trabajara en el negocio de las transferencias. No puedo negar que me sentí emocionada. La verdad es que siendo encargada de una tienda a la que no se le prestaba la debida atención por parte del jefe era deprimente. Sentía un bajo complejo. El jefe le prestaba toda atención al negocio de las transferencias, pero la tienda podía irse muy al carajo. La encargada también podía irse al carajo (no es que fuese verdad, pero así lo sentía).

Por eso cuando me ofrecieron un puesto en el negocio de transferencias, sentí que finalmente sería tomada en cuenta. Error. Comienzos de abril y comenzar a trabajar en las transferencias fue todo un fastidio. Era trabajar con dinero, mucho dinero, manejando una cantidad de dinero que, si me llegaba a equivocar, me costaría un mes entero de salario. Una presión muy grande. Pero de todas formas me sentía aliviada. Ya me habían hecho un contrato e incluso abrí una cuenta bancaria. Era un dinero asegurado, ya no tenía que vivir preocupada mensualmente por los gastos de arriendo y comida. La tienda desaparecería tarde o temprano porque estaba en una evidente decadencia, y si la tienda desaprecia, ya yo no tendría trabajo. Ese era mi miedo. Pero ahora estaba trabajando en el negocio consentido de mi jefe: ya no tenía de que preocuparme. Mi jefe no dejaría el negocio de las transferencias, porque de eso dependía él mismo. 

Finales de abril y comenzó éste nuevo dilema con los bancos en Venezuela. Que comenzaron a cerrar cuentas, que el gobierno intervino Banesco. Lo mismo que pasó con J.A. ahora me estaba sucediendo: me confié demasiado, bajé la guardia porque pensé que nada malo podía pasar, pero otra vez he allí mi error. No se puede confiar en nada. No puedo confiar en nada. 

Entré en crisis.

Dios, si este negocio de las transferencias termina, ¿entonces qué va a ser de mí? ¿Será que no puedo encajar en ningún trabajo? 

Es una sensación extraña, porque incluso habiendo entrado al negocio de las transferencias, sigo siendo ignorada. Ni mi feje, ni mi jefa, ni mis compañeros de trabajo, nadie es comunicativo conmigo. Es como si no fuese de confianza. Yo intento no decir nada, callármelo todo porque no siento el derecho de comentar algo, de entrar a las conversaciones, de dar mi punto de vista. No encajo, definitivamente no encajo. No es algo que quiero hacer.

Estar sentada allí, atendiendo gente todo el maldito día, enfrente de una computadora no es algo que quiero hacer. 

Un poco más de sentimientos confusos para el arsenal: más que sentirme preocupada por estar viviendo una crisis que puede acabar con el negocio en el que estoy contratada, me siento aliviada. De hecho, muy adentro de mí quiero que se termine todo. Así quede desempleada, así después esté sufriendo como el año pasado. Prefiero eso a hacer algo que me desagrada.

¿Podré encontrar algo en lo que encaje? ¿Qué debería hacer?

Entonces, en estos días, me hice la pregunta decisiva: ¿Qué es lo que realmente quiero hacer? Hablando en forma realista: no es que voy a salir con el típico “ir a Japón” “comprar una casa” “ser escritora” “blablablá”. No, Lalo, sólo detente a pensar por un momento: ¿Qué es lo que realmente quieres hacer?

¿Quiero estudiar? Claro, quiero estudiar. Pero, ¿será esa la mejor decisión? No lo estoy debatiendo, sólo lo estoy cuestionando. Socialmente hablando, estudiar siempre es bueno. Tener una carrera universitaria es afianzar tu futuro. Pero ¿por qué tenemos que siempre estar aspirando por un futuro perfecto? ¿Y si simplemente dejamos de hacer cosas que puede que lleguen a un futuro perfecto, y hacemos lo que verdaderamente queremos? 

Todo es incierto. Nada te asegura que después de terminar tu carrera universitaria vayas a encontrar trabajo. Es lo más probable, pero puede que el trabajo que encuentres no sea el que tú querías, o sea uno en el que no llegues a encajar. ¿Y entonces qué? ¿Para qué te pasaste cinco años quemándote las pestañas, corriendo de la universidad a tu casa, y de tu casa a la universidad? ¿Para qué soportaste toda esa humillación y esas lágrimas y esa distancia sin las personas a la que amas? ¿Todo para ganar algo de dinero? ¿Para “establecerte”? ¿Para ser un buen modelo para la sociedad? ¿Quién ha dicho que ese es el camino indicado? ¿Qué pasa si eso es sólo otra mentira más, como el tema de la carne? ¿Recuerdas que la sociedad piensa que comer carne es lo indicado no sólo porque es deliciosa, sino porque todo el mundo la come, y eso parece ser lo “correcto”?

Yo creo que lo “correcto” va más allá de estar aparentemente acomodado. Porque hay personas que tienen un buen trabajo, una buena casa, un buen futuro. Pero no están haciendo lo que les apasiona. Están bien, están estables, están muy bien. Pero les falta algo.

Una vez leí algo en Facebook que me hizo pensar más de la cuenta:

Cuando eres joven, tienes energías y tiempo, pero no tienes dinero
Cuando eres adulto, tienes dinero y energías, pero no tienes tiempo
Cuando eres anciano, tienes tiempo y dinero, pero ya no tienes energías

No quiero arrepentirme nunca de las decisiones que vaya a tomar. No quiero que mi tiempo se escape y al darme cuenta, todavía no haya hecho nada y ya no pueda hacer nada. Aún somos jóvenes, sí, pero no hay que dejarse llevar por ese hecho superficial. Las agujas del reloj siguen rodando, incluso mientras yo estoy escribiendo esto y mientras tú lo estás leyendo.

Lalo, ¿qué es lo que quieres hacer? El mes que viene será julio. Pronto agosto, luego septiembre, después octubre, noviembre y diciembre. Y habrá pasado otro año. Lo sabes. Los días están pasando cada vez más rápido, y eso es sólo desde nuestra precepción. 

¿Recuerdas que de niña el tiempo pasaba más lento? ¿Los años eran largos e interminables? Eso era porque de niñas aún estábamos en fase de aprendizaje. Muchas cosas que ahora son cuestión de rutina eran nuevas y fascinantes para nosotras a esa corta edad. Había infinidades de cosas que no entendíamos, todo era una aventura, cada día aprendíamos algo nuevo. ¿No extrañas esos días? La niñez es hermosa por eso: el no saber algo y luego descubrirlo. Ir haciéndonos preguntas, e ir encontrando las respuestas. A medida que vamos creciendo, las cosas se vuelven rutinarias, ya lo entendemos todo, ya tomar un autobús es algo normal, te da igual si te sientas o no del lado de la ventana, comprar un ticket de metro es algo normal, ir al Parque del Este es algo normal. Ya son pocas las cosas que nos sorprenden, y por consiguiente, la diversión va disminuyendo. Los días pasan más rápido por eso, la mente ya lo procesa todo de antemano. ¿A caso no te parece deprimente? Quizás no, pero a mí sí.

Yo la verdad no quiero dejar que todo en mi vida se convierta en una rutina. Dios, eso sería igual a morir. Quiero descubrir nuevas cosas. Quiero ver nuevas cosas. Quiero conocer nuevas cosas. Escuchar nuevas cosas. Ver el cielo desde distintos ángulos. Probar frutas de distintos lugares. Pisar tierras de distintas localidades. 

No quiero un futuro “acomodado”. Sólo quiero no arrepentirme. No quiero que la Wanda Meyer del futuro, con una buena carrera universitaria y una buena familia, mire hacia atrás y diga “vaya, pude haber hecho esto y aquello esa vez”

Lalo, ¿Qué vas a hacer mañana? ¿Qué vas a hacer dentro de una semana? ¿Qué vas a hacer el mes que viene? 

Te digo algo… creo que las barreras nos las ponemos nosotras mismas. Hay que ser realistas, pero sin dejar de ser idealistas.

Lo indicado no siempre debe ser lo perfecto. Lo perfecto para mí puede ser visitar un pueblo de cualquier país, establecerme por un mes, vender un par de dibujos, ganar el dinero suficiente para moverme hacia el siguiente pueblo y así ir sucesivamente; pero puede que eso no sea lo indicado a la vista de mucha gente.

¿Sabes? Yo quisiera sacar provecho de mis habilidades para pintar. Algo así como comprar acuarelas y ponerme a pintar y luego vender esos dibujos. Mi mamá me dijo que eso era imposible, que con la pintura no ganaría mucho dinero. ¿Pero por qué tengo que ganar mucho dinero? ¿Y si lo que yo quiero es sólo existir de lo que me gusta hacer? Todos dan por sentado que todos quieren mucho dinero. Lalo, yo no quiero mucho dinero. Yo quiero el dinero suficiente para estar bien. Y estar bien significa hacer lo que a mí me gusta. ¿Es tan difícil?

Lalo, eres una persona muy importante para mí, y por eso te estoy contando todo esto. Es mi pequeño punto de vista, lo que he aprendido hasta ahora.

Yo creo que de los momentos de crisis se pueden sacar buenas oportunidades si sabes donde buscarlas. Hay miedo, y existe ese sentimiento de incertidumbre hacia lo desconocido, pero no creo que valga la pena detenernos por eso.

¿Entiendes a lo que me refiero?

02-06-2018

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