![]() |
| esas olas |
una serie de cosas pasaron y... tada! Estoy en Perú. Llevo, de hecho, casi un año y medio viviendo en la tierra de la papa y los huaicos. Estoy feliz porque aquí se come rico y el clima no es tan caliente como en Santa Marta, aunque si hay algo que extraño bastante son las playas.
Para ser franca, desde Tayrona no sentía una experiencia tan cercana a una playa. Esta vez nos fuimos a Punta Negra, una playa que no sé cómo rayos llegar pero es en Lima. Y utilizo el "nos" porque fuimos en grupo, no fui yo sola. Una lástima la verdad. Hubiese disfrutado lanzarme sola, pero la oportunidad se presentó en la forma de un viaje de descanso con mi grupo de trabajo, y tomando en cuenta que llevaba desde julio del 2018 sin pisar una playa, no lo pensé dos veces en aceptar.
En un principio planeábamos ir a una playa llamada Puerto Viejo, presuntamente mucho más extensa y bonita que Punta Negra, pero por una serie de infortunio fuimos a parar a la última mencionada.
El bus partió a el jueves 06 de febrero, a las 12:30. Era de noche y en el autobús, repleto de compañeros de trabajo, se podía oler el hedor del alcohol. Unas se emborracharon antes de llegar y tuvimos que detenernos en media carretera oscura para que pudiesen orinar ahí, en la literal nada. Entre reguetón y cumbia, llegamos a Puerto Viejo. Yo salí de el autobús y me sentí en casa. La arena, el olor a sal, la típica brisa de playa... dios, era igual pero diferente. Ya no estaba en el caribe, ese definitivamente era el Pacífico. Frío pero cálido pacífico.
"Nos vamos." dijo de pronto mi jefe. Aún ahora desconozco la razón por la cual nos tuvimos que ir de Puerto Viejo.
Un detalle a destacar es el olor a sal. Es increíble la forma en la que se expande el salitre una vez llegas a la costa. Aún nos faltaba rodar una media hora para llegar a la playa como tal, pero el olor a sal estaba allí como si la playa estuviese a un metro de distancia de ti. Las playas de Lima son sorprendente.
Llegamos a Punta Negra a las 4:00 am de la mañana. Apenas llegamos, el aire helado de la madrugada nos dio en toda la cara. Todos empezaron a alzar sus carpas, y yo, como buena chica pobre y despreocupada, me envolví cuan burrito con mi paño y me quedé allí viendo el mar. Mi amigos más cercanos, como buenos pobres al igual que yo, al no poseer carpas también se sentaron en la arena fría. Una de mis amigas, la Bruja, tenía café. Aleluya por ese café.
En el cielo oscuro no se podía ver ni una sola estrella. La neblina no permitía ver más allá de las casas que rodeaban la fría y desolada playa. La única bulla era proveniente de nuestro revoltoso grupo. Había una que otra carpa por ahí, plantadas desde mucho antes de nosotros arribar. El ruido de nuestro grupos probablemente los perturbó, así que fue imposible para mí no sentirme un poco culpable al respecto. En pocas horas amanecería, así que no me sentí mal por no tener carpa. Nunca planeé dormir en una carpa desde un principio, así que no me preocupé por la ausencia de una.
Todas las carpas fueron armadas y al final casi nadie las utilizó. Pocos durmieron. El jefe, cual Doraemon, se sacó del bolsillo un generador de energía de estos que funcionan con gasolina, una mesa, licor y hasta un racimo de cambures. Bueno, ahí se formó el party intenso, con cumbia y reguetón del old school. Yo no tomé porque no estaba en mis planes emborracharme, pero mi amiga, la Mery, se fue de viaje a una de las lunas de Júpiter, vomitó todo el desayuno y después cayó muerta en una de las carpas. RIP a ella que se perdió tan lindo amanecer.
Cuando el cielo se iluminó, las olas monstruosas fueron las primeras en saludarnos. Yo en esa playa no me metía ni que me pagaran, eso parecía Playa Arrecife de Tayrona donde si entrabas morías. El sonido del retumbar de las olas te susurraba algo parecido a "si entras, tu cuerpo no lo consiguen más". Muchos protestaron al jefe por conducirnos a una playa tan feroz. El mar estaba picado, así que no era culpa de nadies.
Fui a caminar, a conocer, a ver. Más allá había unas rocas, donde las olas rompían poéticamente.
Una mini playita apodada "la piscina" diseñada para que los niños entraran. Nosotros le apodamos cariñosamente "charco de orine", y sólo la vi de lejos porque era literalmente un charco de orine. Se me hizo difícil ver a alguien allí adentro, porque nadie en su sano juicio se metería allí. El agua era verde como un poso séptico y olía francamente mal. Sorpresa sería la mía cuando, horas después, presenciaría impactada cómo las madres metían a sus niños allí.
Una mini playita apodada "la piscina" diseñada para que los niños entraran. Nosotros le apodamos cariñosamente "charco de orine", y sólo la vi de lejos porque era literalmente un charco de orine. Se me hizo difícil ver a alguien allí adentro, porque nadie en su sano juicio se metería allí. El agua era verde como un poso séptico y olía francamente mal. Sorpresa sería la mía cuando, horas después, presenciaría impactada cómo las madres metían a sus niños allí.
Busqué conchas marinas y subí hasta una cruz en el miradero de la playa, donde se podía ver todo el panorama. Después de las rocas había otra playa, más feroz que donde estaban las carpas. La vi desde lejitos porque ni quise acercarme. Todo estaba cubierto por una espesa neblina y el aire helado me escalofriaba la piel. En ese punto ya los parpados se me cerraban solos. Me dije a mí misma, a nadie le molestará que me siente aquí a descansar un ratitito... no sé cuanto pasó. Quizás diez, veinte o treinta minutos. Bajé las escaleras y regresé al grupo. Estaba muy cansada, así que me metí en una carpa random y dormí. Las condiciones eran perfectas: el sonido de las olas, el murmullo lejano de mis compañeros, el aire frío, el cansancio.
"Wanda, despierta. Tenemos que recoger las carpas." Me despertó la Grace. Aún con mucho sueño y cero ganas de levantarme, me vi obligada de salir de mi madriguera. Cuando dejé la carpa, salí en La Guaira.
Un cielo azul, como si la neblina de la mañana nunca hubiese existido. El sol ardiente se alzaba en nuestras cabezas, la humedad y el calor habían proliferado en algún momento durante el lapso de sueño que tuve en el interior de la carpa y ahora era ese un lugar totalmente distinto al frío y desolado de la madrugada. A las 11 ya no cabía un alma en esa playa. Coloqué protector solar a la Mery, que todavía seguía mareada, y la despaché sin antes decirle que tuviese cuidado con las olas. Eso era un mar de sombrillas y sillas playeras. Los vendedores de helados y ceviche no se hicieron esperar. ¡Viva el ceviche peruano!
La Lalo tenía una sesión fotográfica impresionante. Ya todos mis compañeros se habían metido en la playa, y a pesar de haber sufrido revolcones brutales por las olas y temblaban por el agua fría, se veían felices.
si una ola no te revolcó y te dejó casi desnudo, no tuviste infancia. Proverbio latino
No, gracias. Dije. A mi ninguna ola me iba a revolcar. Me quité la camisa y quedé solo con la parte superior de mi sempiterno y fiel traje de baño de siempre (el moradito). Vi una colchoneta inflable por ahí y la hice mía. Me acosté ahí y dormí un rato. El jefe se sacó del bolsillo una licuadora y empezó a repartir limonada frozen y papa con arroz y atún.
![]() |
| yop, con el mismo traje de baño |
Sabes que ya estás entrando en la adultes cuando vas a la playa y lo único que quieres hacer es comer y dormir, protegerte del sol y dormir, comer helado y reposar para después seguir durmiendo.
Pasado el mediodía, mi vejiga comenzó a protestar y me vi obligada a meterme en la playa. Lo pensé bastante, porque las olas estaba muy fuertes, pero al final pude lograrlo. Entré al agua y afortunadamente no estaba helada. Hacía un calor del infierno y el agua era como una bendición cuando tocaba mi piel. Las olas intentaron en más de una ocasión arrancarme mi traje de baño, pero no lo permití.
No tardé más de veinte minutos adentro del agua. Una vez fui capaz de vaciar mi vejiga, me regresé a mi refugio de sombrillas y, adivina qué: dormir. Sí. Más precisamente comer y dormir. Me acosté en la arena, cuidando que todo mi cuerpo estuviese meticulosamente adentro de una sombra, y colocándome un sombrero en toda la cara, me quedé dormida. Profundamente dormida.
"Wanda, despierta. Ya nos vamos." Escuché, quien sabe cuantas horas después. Dormí como un bebé, y cuando abrí los ojos, había un crepúsculo en el horizonte. Rayos. Pero me encantó la experiencia.
A pesar de no haber tomado ni una sola foto, quise hacer un post sobre esto porque no todos los días se conoce por primera vez un océano nuevo. ¡Espero visitarte de nuevo, Pacífico hermoso! <3





No hay comentarios.:
Publicar un comentario