miércoles, noviembre 13, 2019

primeros años

Mi nombre es Wanda y según los registros, nací en la madrugada de un nueve de marzo. De mi niñez recuerdo muy poco, sólo que me gustaba pintar un montón. Dibujaba por aquí y por allá, las portadas de los casets del VHS y lo papeles que veía por ahí.

Tenía muchos juguetes, algunos estaban guardados en un extraño tubo largo de cartón duro que sabrá Dios qué era, algunos estaban guardados en cajas, y otros adornaban una mesita. Le tenía miedo a la oscuridad, así que tenía una lampara, una lampara ventilador, es decir, el ventilador en su cuerpo tenía una pequeña bombilla que se quemaba de vez en cuando, y mi padre movía cielo y tierra para comprar otra que sirviera.

Mi cama era anormal. Tenía un armazón súper complejo formado por dos arcos de tubería flexible en cada extremo y una cubierta de tela de velo cubriéndolo todo. Eso era para que los mosquitos no me picaran. La tela era tan fina y delicada que siempre terminaba rota en algún lado, y mi madre siempre la cosía, convirtiéndola así en una tela toda remendada, llena de parches y cinta adhesiva.

Había un ritual para cuando llegaba la hora de dormir, mi madre o mi padre, o ambos me llevaban a mi cuarto y me metían en mi caverna anti mosquitos, rezábamos el ‘ángel de la guarda’, cerraban el velo de modo que nada me molestase en la noche y encendían el ventilador cuya lampara también encendía automáticamente.

Era quisquillosa con la comida. No me gustaba comer casi nada, y eso me produjo un severo caso de estreñimiento. Yo era como una luz en la oscuridad para los mosquitos, tenía toda la piel llena de picaduras, cuan varicela, por lo que siempre tuve que usar pantalones largos y suéteres, nada de shorts ni camisas cortas. Mi cabello siempre fue un desastre porque mi mamá nunca supo cómo peinarlo.

Tenía un patio grande donde jugaba. Subía a los arboles y hacía de ellos centros comerciales. Tuve tres perros, jugué con barro haciendo figuras y pintándolas con tempera. Hice manualidades e inventé varios amigos imaginarios, los cuales un día se fueron para siempre.

Fui muy feliz. Mi único trauma y mayor miedo era que la lucecita de mi lampara se apagase en medio de la noche o que mis padres no escucharan mi llamado para cuando quería orinar en la madrugada. Mi única preocupación fue que mi mamá cocinara sopa, mi comida menos favorita, o no ver a mi papá por más de tres noches seguidas.

No entendía muchas cosas, pero estaba bien. Crecí lentamente, y mis padres me lo dieron todo, excepto un hermanito, pero tuve juguetes y colores para pintar.
Amo lo que fue mi niñez.

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