martes, noviembre 12, 2019

Los Ganadores

En lo más profundo de la oscuridad propia de la noche, a una hora en la que el frío no provoca calor y en un momento de mi vida en el que francamente estoy agotada de convivir con la soledad, me pregunto en voz alta si algún día ganaré.


Me he esforzado, y Dios lo sabe. He hecho lo que está al alcance de mis manos para ganar, he llorado todo lo que un ser humano puede ser capaz de llorar, he corrido hasta que mis piernas no pueden sostenerse en pie, he gritado hasta que mis voz se ha ido por completo, he leído miles de millones de letras cargadas de significado, he observado las más hermosas puestas de sol en los picos de montañas más empinados y he memorizado el olor de todas las queridas nostálgicas y húmedas épocas de lluvias. Lo he intentado, he peleado por ello, me he desvelado, he saboreado la sangre, las lágrimas y el fracaso. He estado a punto de rendirme, cientos y miles y millones de veces, pero he seguido, arrastrándome por el suelo, impulsándome con mis uñas. La esperanza me ha abandonado, y ha vuelto, y me ha abandonado, y ha regresado a mí, me ha observado misericordiosamente, con lástima, apiadándose de mí, quedándose para abandonarme justo al final cuando creí haber ganado y todo había sido una cruel ilusión. He buscado y he rezado, Dios lo sabe y la lluvia también.

Dios sabe que he intentado más que nadie en este maldito mundo, y es inevitable llegar al punto de preguntármelo con seriedad. ¿Valdrá la pena intentarlo tanto? ¿Servirá de algo todo mi trabajo? ¿Algún día ganaré?

Sueño con ese momento, acostada en mi cama rodeada de fracasos y segundas oportunidades sueño con el sabor de la victoria. Sólo puedo fantasear y anhelar con cada célula de mi cuerpo que dicho triunfo no esté tan lejos como lo parece.

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