Fue cuando vi en mi propio reflejo la mirada perdida de un ser solitario, que puede entender lo que significa estar desorientado pretendiendo tenerlo todo bajo control. Entiendo el sentimiento de tener que dejar para siempre lo que se era, sé lo que significa erradicar toda memoria para negar el futuro. Llegar físicamente a una tierra donde lo conocido se desconoce y donde sólo hay rostros difusos, es renegarlo todo y comenzar desde un principio incierto.
Reprimir la frustración es algo de lo que me he vuelto experta puesto que lo concibo con una calma majestuosa y paciencia clemente mientras espero sentada frente a la venta el momento en el que todo acabe. A través de esa ventana se puede observar el ritmo de vida exterior, un ciclo pecaminoso de monotonía en el que participa la sociedad general de un país lejano al mío, donde todos son extranjeros sin excepciones y donde todos sufren el clamor de una esclavitud absurda. Y allí estoy yo, paciente, esperando ese final que nos hace a todos seres humanos. Entonces, mientras pienso en lo que pudo ser y en lo que jamás pasará, al mismo tiempo que anhelo un futuro maravilloso y planeo el orden de acontecimientos fortuitos que certeramente caerán sobre mí, siento el frío viento de una estación confusa, que, a pesar de ser julio, me hela la sangre y ya no me da calor.
Entonces pienso: el final habrá llegado cuando el frío vuelva a producir frío en mí. Puesto que el calor ya no me produce frío, así como el frío no me produce calor.
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