Las épocas de lluvias son mis favoritas. Puedo ver el espectro de mí misma asomándose por la ventana de mi habitación, es el augurio de una muerte inminente. El café me sabe a tierra húmeda de lluvia, el ruido del silencio se esparce por doquier y me estremece.
Estoy melancólica y me fumo un cigarro mientras espero que algo ocurra. Ya no soy capaz de pronunciar adjetivo alguno, porque ninguno se adapta al vacío que tengo dentro. Es un hueco sin fondo, donde viven demonios que me saludan de vez en cuando y me recuerdan lo miserable y jodida que soy.
Mi final será absurdo como el desenlace de toda mi existencia, de eso estoy segura porque la lluvia me lo dijo y ella no se equivoca.
El apetito se marchó hace tiempo y con su ausencia dejó sólo incertidumbre en el estómago, el chocolate me sabe a mierda y todo lo que como lo vomito, excepto el cigarro, y por eso hay tanto humo en mi habitación. En él se reflejan mis males, me susurran junto a la lluvia palabras en un idioma que no sé, pero entiendo que se burlan de mi soledad.
Mi padre se fue y mi madre me abandonó, por eso no hay nadie que evite mi caía al precipicio. Ya no lloro porque no hay razón. Las razones se marcharon de mí para dejarme desolada, como un desierto donde no llueve desde hace muchos años. Ya incluso la soledad se olvidó de mi existencia, sólo falta que los demonios me lleven consigo a ese abismo que en algún momento comencé añorar como un hogar.
Un trueno retumba y me saca del letargo. Giro hacia la ventana, donde en otras circunstancias me encontraría con la mirada melancólica de una cayena húmeda, sin embargo, ahora sólo me encuentro el cese de la lluvia que seguro se aburrió de acompañarme en mi lamento silencioso.
Con las pocas fuerzas inhalo el último sorbo de humo y me levanto del lecho. Camino hacia el baño y me paro frente al espejo sucio. Vomito algo que huele como el azufre y al intentar buscarme en el espejo no hayo sino la soledad como jamás la he presenciado. Pues en aquel baño no hay nadie. En mi interior siento desdicha, porque ya no hay solución, y no me queda más que rendirme.
Afuera me espera un hombre cuyo rostro no está. Vestido de negro con un aura maligna, me tiende la mano y me dice algo sobre tener que partir. De pronto me muestra a mí acostada en la cama, y la escena atroz causa intranquilidad en mi espíritu, pues no hay desconsuelo más grande que tener la certeza de no haber logrado nada en mi vida, sin dejar siquiera un recuerdo en el mundo ni una prueba absoluta de que estuve allí. Solo yace allí una masa putrefacta de lo que alguna vez llegó a ser alguien desgraciado, infame, propenso a causar lástima y asco. Con un desasosiego que jamás se irá de mi vacía negra alma, soy arrastrada por la obscuridad hacia el precipicio que alguna vez llegué a ver en mis pesadillas, y el último recuerdo que me queda antes de ser tragada por el olvido absoluto es mi mismo cuerpo, desnudo y maloliente, con gusanos saliendo de la cuenca de sus ojos y el lamento en la ventana de un tierno julio lluvioso.
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