Como cuando comprendí que estaba así de jodida no habré de sentir ninguna otra soledad. Lo sé porque la lluvia me lo dijo.
Era julio, bello húmedo asqueroso verano, ideal para visitar la bahía, Playa Salguero en la puesta del sol, en Santa Marta, o más al oriente, dónde nací cuando el milenio casi culminaba. La lluvia caía inclemente como solía caer siempre por esas fechas, y la tristeza era tan insoportable que ni la sentí.
No supe que estaba así de jodida sino cuando, de la nada, empecé a reír porque sí, y nada importó. No importó todo por lo que luché en la vida, no importó todo por lo que alguna vez me interesé en la vida, el concepto abstracto de lo que consideraba “vida” se marchó de mi mente para siempre, como si nunca hubiese estado allí. Todo se tornó blanco y confuso, tranquilo, como si hubiese hallado la solución al complicado acertijo: “claro, es eso” pensé. La lluvia también lo sabía, ella me lo dijo.
Por esas fechas la cayena húmeda ha de asomarse por la ventana, y yo a miles de kilómetros, revolcándome en mi propia miseria me sonreí al espejo, recordando aquellas queridas y nostálgicas épocas de lluvias que no huelo más y entendiendo lo ignorante que era en ese entonces. Caminando sobre la arena de una hermosa playa en Punto Fijo, clavándome en la planta de los pies miles de conchas y escuchando el llamado del viento del Caribe, susurrándome lo jodida que desde entonces estaba y yo siguiendo ignorante, hasta hoy.
Todos sonríen a mi alrededor, como si se burlarán de mí.
¡Bien, búrlense, imbéciles! ¿Creen que no sé qué estoy jodida? Jódanse. Estoy tan sola que hasta mi propio reflejo en el espejo se burla de mí. No sé quién es ella, horrible, perfectamente maquillada con un labial que realza su belleza, un peinado intrincado y un vestido despampanante, me mira a través del espejo y estoy sola. Debo ser yo, pero es muy perfecta para ser yo, así que lo dudo. Yo estoy jodida, por dentro y por fuera y a mi alrededor. No tengo nada, vacía, sin nadie, sola, sin metas, sin ambiciones, sin motivos para seguir, aparentando ser perfecta frente a nadie, porque no tengo a nadie, ni siquiera me tengo a mi misma.
Ese día, mientras llovía, en el viento escuché un susurro que me motivó a nada. Me sentí tranquila, porque al menos tenía algo: la certeza de no tener nada, estaba jodida. Desde entonces, no he de sentirme acompañada nunca más.
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