viernes, agosto 14, 2020

subiendo la montaña! visitando la catarata antankallo

Cuando yo llegué a Chosica por primera vez, lo primero que captó mi atención fueron los cerros


de un grisáceo lunar, desértico y rocoso. Es la principal característica de todo aquel pueblo que se encuentra fuera del centro de Lima. San Juan de Lurigancho, Chaclacayo, Chosica y más allá, hacia el extremo que veas, te encontraras con el mismo paisaje grisáceo. Es lo que más me fascina, porque difiere totalmente de las montañas con aquella espesura verde y llena de vida de Caracas y los Valles del Tuy. Estos cerros me hacen recordar que no estoy en Venezuela, y que, de hecho, me encuentro en un lugar completamente distinto y lejano al que estaba acostumbrada. 

lunes, febrero 10, 2020

punta negra!! primer viaje a una playa peruana

esas olas

una serie de cosas pasaron y... tada! Estoy en Perú. Llevo, de hecho, casi un año y medio viviendo en la tierra de la papa y los huaicos. Estoy feliz porque aquí se come rico y el clima no es tan caliente como en Santa Marta, aunque si hay algo que extraño bastante son las playas. 

miércoles, noviembre 27, 2019

lista de cosas que quiero hacer

 quiero vivir

quiero mandarlo todo a la mierda
quiero coger
quiero bailar rock y música electrónica hasta la madrugada
quiero beber ron y borrarme
quiero drogarme
quiero reírme con amigos
quiero ir a conciertos
quiero viajar
quiero vivir
quiero tener gatitos
quiero aprender a tocar guitarra y escribir canciones de mierda
quiero conocer lugares distintos, todos distintos y semejantes al otro
quiero probar comida diferente
quiero fotografiar bonitos paisajes
bañarme en ríos, playas, lagos, el océano
quiero hablar con distintas personas
quiero perderme en una ciudad que desconozca
quiero vivir y morir joven, pero haber vivido
quiero estudiar lo que me gusta
quiero escribir
quiero dibujar
vivir de lo que me gusta, y dar amor a todo el mundo
quiero vivir,
quiero superar mis miedos, vivir y llorar de la risa
y al final, irme de este mundo sin arrepentimientos, sin pesares, sin la sensación de "quisiera haber hecho tal cosa"

quiero vivir como quiero

martes, noviembre 26, 2019

no soy feliz

 así, no soy feliz, ni un poquito. Estoy triste, oscura, negra, vacía, sin sensaciones, sin sentimientos, sin motivos para seguir, sin ambiciones, sin metas, sin fuerzas, sin algo, con nada. Soy simplemente lo que los demás quieren que yo sea. Quiero dejarlo todo, irme, irme a la mismísima MIERDA perderme de todo, irme definitivamente, irme para siempre, perderme en la nada, desaparecer de todos los que me conocen, simplemente ser nadie, ser nada, no estar en ninguna parte, convertirme en una memoria lejana que sólo se recuerda una vez en la vida y luego se olvida para siempre.

lunes, noviembre 18, 2019

Libros de autoayuda

 Tu vida y la mía terminaron hace algún tiempo. No puedo ni siquiera determinar cuándo dejaste de soñar, o cuando yo lo hice. No recuerdo cuando dejamos de ser dueño de nuestras propias acciones, o cuando nuestra libertad fue arrebatada.


No lo sé. No recuerdo el tipo de persona que eras antes de este instante, pero… eh, ¿A quién le importa eso? No puedes quedarte atorado en un pasado que ni siquiera recuerdas. De hecho, no es siquiera necesario que pienses en planes para un futuro. No hay cosa que importe más que el presente. Esas son las mierdas que nos han recomendado los libros de autoayuda. No hay nada más que importe.

El pasado no importa. El futuro no importa. Lo único que nos queda es el presente. 

domingo, noviembre 17, 2019

El mundo es muy cruel

 ¿Has escuchado el sonido de tu alma siendo desgarrada por la realidad? Es inevitable como la muerte misma, porque vivimos en un mundo que es más cruel que bondadoso.


viernes, noviembre 15, 2019

Julio Lluvioso

 Las épocas de lluvias son mis favoritas. Puedo ver el espectro de mí misma asomándose por la ventana de mi habitación, es el augurio de una muerte inminente. El café me sabe a tierra húmeda de lluvia, el ruido del silencio se esparce por doquier y me estremece. 


Estoy melancólica y me fumo un cigarro mientras espero que algo ocurra. Ya no soy capaz de pronunciar adjetivo alguno, porque ninguno se adapta al vacío que tengo dentro. Es un hueco sin fondo, donde viven demonios que me saludan de vez en cuando y me recuerdan lo miserable y jodida que soy. 

Mi final será absurdo como el desenlace de toda mi existencia, de eso estoy segura porque la lluvia me lo dijo y ella no se equivoca. 

El apetito se marchó hace tiempo y con su ausencia dejó sólo incertidumbre en el estómago, el chocolate me sabe a mierda y todo lo que como lo vomito, excepto el cigarro, y por eso hay tanto humo en mi habitación. En él se reflejan mis males, me susurran junto a la lluvia palabras en un idioma que no sé, pero entiendo que se burlan de mi soledad. 

Mi padre se fue y mi madre me abandonó, por eso no hay nadie que evite mi caía al precipicio. Ya no lloro porque no hay razón. Las razones se marcharon de mí para dejarme desolada, como un desierto donde no llueve desde hace muchos años. Ya incluso la soledad se olvidó de mi existencia, sólo falta que los demonios me lleven consigo a ese abismo que en algún momento comencé añorar como un hogar. 

Un trueno retumba y me saca del letargo. Giro hacia la ventana, donde en otras circunstancias me encontraría con la mirada melancólica de una cayena húmeda, sin embargo, ahora sólo me encuentro el cese de la lluvia que seguro se aburrió de acompañarme en mi lamento silencioso.

Con las pocas fuerzas inhalo el último sorbo de humo y me levanto del lecho. Camino hacia el baño y me paro frente al espejo sucio. Vomito algo que huele como el azufre y al intentar buscarme en el espejo no hayo sino la soledad como jamás la he presenciado. Pues en aquel baño no hay nadie. En mi interior siento desdicha, porque ya no hay solución, y no me queda más que rendirme.

Afuera me espera un hombre cuyo rostro no está. Vestido de negro con un aura maligna, me tiende la mano y me dice algo sobre tener que partir. De pronto me muestra a mí acostada en la cama, y la escena atroz causa intranquilidad en mi espíritu, pues no hay desconsuelo más grande que tener la certeza de no haber logrado nada en mi vida, sin dejar siquiera un recuerdo en el mundo ni una prueba absoluta de que estuve allí. Solo yace allí una masa putrefacta de lo que alguna vez llegó a ser alguien desgraciado, infame, propenso a causar lástima y asco. Con un desasosiego que jamás se irá de mi vacía negra alma, soy arrastrada por la obscuridad hacia el precipicio que alguna vez llegué a ver en mis pesadillas, y el último recuerdo que me queda antes de ser tragada por el olvido absoluto es mi mismo cuerpo, desnudo y maloliente, con gusanos saliendo de la cuenca de sus ojos y el lamento en la ventana de un tierno julio lluvioso. 

miércoles, noviembre 13, 2019

primeros años

Mi nombre es Wanda y según los registros, nací en la madrugada de un nueve de marzo. De mi niñez recuerdo muy poco, sólo que me gustaba pintar un montón. Dibujaba por aquí y por allá, las portadas de los casets del VHS y lo papeles que veía por ahí.

Tenía muchos juguetes, algunos estaban guardados en un extraño tubo largo de cartón duro que sabrá Dios qué era, algunos estaban guardados en cajas, y otros adornaban una mesita. Le tenía miedo a la oscuridad, así que tenía una lampara, una lampara ventilador, es decir, el ventilador en su cuerpo tenía una pequeña bombilla que se quemaba de vez en cuando, y mi padre movía cielo y tierra para comprar otra que sirviera.

Mi cama era anormal. Tenía un armazón súper complejo formado por dos arcos de tubería flexible en cada extremo y una cubierta de tela de velo cubriéndolo todo. Eso era para que los mosquitos no me picaran. La tela era tan fina y delicada que siempre terminaba rota en algún lado, y mi madre siempre la cosía, convirtiéndola así en una tela toda remendada, llena de parches y cinta adhesiva.

Había un ritual para cuando llegaba la hora de dormir, mi madre o mi padre, o ambos me llevaban a mi cuarto y me metían en mi caverna anti mosquitos, rezábamos el ‘ángel de la guarda’, cerraban el velo de modo que nada me molestase en la noche y encendían el ventilador cuya lampara también encendía automáticamente.

Era quisquillosa con la comida. No me gustaba comer casi nada, y eso me produjo un severo caso de estreñimiento. Yo era como una luz en la oscuridad para los mosquitos, tenía toda la piel llena de picaduras, cuan varicela, por lo que siempre tuve que usar pantalones largos y suéteres, nada de shorts ni camisas cortas. Mi cabello siempre fue un desastre porque mi mamá nunca supo cómo peinarlo.

Tenía un patio grande donde jugaba. Subía a los arboles y hacía de ellos centros comerciales. Tuve tres perros, jugué con barro haciendo figuras y pintándolas con tempera. Hice manualidades e inventé varios amigos imaginarios, los cuales un día se fueron para siempre.

Fui muy feliz. Mi único trauma y mayor miedo era que la lucecita de mi lampara se apagase en medio de la noche o que mis padres no escucharan mi llamado para cuando quería orinar en la madrugada. Mi única preocupación fue que mi mamá cocinara sopa, mi comida menos favorita, o no ver a mi papá por más de tres noches seguidas.

No entendía muchas cosas, pero estaba bien. Crecí lentamente, y mis padres me lo dieron todo, excepto un hermanito, pero tuve juguetes y colores para pintar.
Amo lo que fue mi niñez.

cuando el frío no provoca calor

 Fue cuando vi en mi propio reflejo la mirada perdida de un ser solitario, que puede entender lo que significa estar desorientado pretendiendo tenerlo todo bajo control. Entiendo el sentimiento de tener que dejar para siempre lo que se era, sé lo que significa erradicar toda memoria para negar el futuro. Llegar físicamente a una tierra donde lo conocido se desconoce y donde sólo hay rostros difusos, es renegarlo todo y comenzar desde un principio incierto.


Reprimir la frustración es algo de lo que me he vuelto experta puesto que lo concibo con una calma majestuosa y paciencia clemente mientras espero sentada frente a la venta el momento en el que todo acabe. A través de esa ventana se puede observar el ritmo de vida exterior, un ciclo pecaminoso de monotonía en el que participa la sociedad general de un país lejano al mío, donde todos son extranjeros sin excepciones y donde todos sufren el clamor de una esclavitud absurda. Y allí estoy yo, paciente, esperando ese final que nos hace a todos seres humanos. Entonces, mientras pienso en lo que pudo ser y en lo que jamás pasará, al mismo tiempo que anhelo un futuro maravilloso y planeo el orden de acontecimientos fortuitos que certeramente caerán sobre mí, siento el frío viento de una estación confusa, que, a pesar de ser julio, me hela la sangre y ya no me da calor.

Entonces pienso: el final habrá llegado cuando el frío vuelva a producir frío en mí. Puesto que el calor ya no me produce frío, así como el frío no me produce calor.

martes, noviembre 12, 2019

Los Ganadores

En lo más profundo de la oscuridad propia de la noche, a una hora en la que el frío no provoca calor y en un momento de mi vida en el que francamente estoy agotada de convivir con la soledad, me pregunto en voz alta si algún día ganaré.


Me he esforzado, y Dios lo sabe. He hecho lo que está al alcance de mis manos para ganar, he llorado todo lo que un ser humano puede ser capaz de llorar, he corrido hasta que mis piernas no pueden sostenerse en pie, he gritado hasta que mis voz se ha ido por completo, he leído miles de millones de letras cargadas de significado, he observado las más hermosas puestas de sol en los picos de montañas más empinados y he memorizado el olor de todas las queridas nostálgicas y húmedas épocas de lluvias. Lo he intentado, he peleado por ello, me he desvelado, he saboreado la sangre, las lágrimas y el fracaso. He estado a punto de rendirme, cientos y miles y millones de veces, pero he seguido, arrastrándome por el suelo, impulsándome con mis uñas. La esperanza me ha abandonado, y ha vuelto, y me ha abandonado, y ha regresado a mí, me ha observado misericordiosamente, con lástima, apiadándose de mí, quedándose para abandonarme justo al final cuando creí haber ganado y todo había sido una cruel ilusión. He buscado y he rezado, Dios lo sabe y la lluvia también.

Dios sabe que he intentado más que nadie en este maldito mundo, y es inevitable llegar al punto de preguntármelo con seriedad. ¿Valdrá la pena intentarlo tanto? ¿Servirá de algo todo mi trabajo? ¿Algún día ganaré?

Sueño con ese momento, acostada en mi cama rodeada de fracasos y segundas oportunidades sueño con el sabor de la victoria. Sólo puedo fantasear y anhelar con cada célula de mi cuerpo que dicho triunfo no esté tan lejos como lo parece.