Julio húmedo verano, época de lluvias, han de ser sus días favoritos. Queridas y nostálgicas épocas de lluvias que no huelo más. Recuerdo que, de joven, a través de la ventana de mi habitación sentía algo más que humedad mezclándose con el calor y olor a tierra mojada. Querida llovizna, querido trueno, que resonabas y me hacías estremecer profundamente, y que ya no escucho más. Esos días he de estar en solitario con la mirada perdida a través de la ventana, la lluvia inclemente precipitándose al suelo y mojándolo todo, desorientada por el ruido de las gotas colisionando contra el techo y una intranquilidad absurda apoderándose de mí.
La primera vez que he de verla fue un día de lluvia, entonces sentí la sensación de que sólo la vería siempre y cuando estuviese lloviendo. La hora era incierta, el cielo oscurecido por gruesas nubes grises, y la lluvia inclemente, como si el cielo se estuviese cayendo a pedazos. Sólo era yo, mi lectura y la lluvia. Nadie más en casa, y entonces también su mirada a través de la ventana.
La vi, mojada, triste, melancólica, no enojada pero su mirada reprochaba, no a mí, sino a ella misma y desorientada, intentaba preguntarme con sus ojos algo que nunca supe, y que de saberlo, no sería capaz de responder. Me levanté, asustada, y debí haberla alertado, porque escapó, y cuando miré por la ventana, no la vi más.
Supe de inmediato que ella no pertenecía a este mundo, no debía serlo.
Esos ojos melancólicos, hermosos como una cayena, nunca he de olvidarlos.
Ella me visitaría sólo los días lluviosos, y sólo si he de encontrarme sola. Si bien sus intenciones no eran malignas, tampoco eran inofensivas. Su aura denotaba tristeza, una profunda, una que yo no sería capaz de sanar, ni siquiera entender o sentir alguna vez en mi vida. No sabría por qué visitaba mi casa, no sabría por qué asomaba su mirada a través de mi ventana, pero era algo tan certero que se hizo normal en los días lluviosos, solitarios, melancólicos.
Su mirada ha de ser tan penetrante, que podía sentirla incluso aunque la ventana estuviese cerrada. A veces, cuando llovía, yo la abría. Ella me lo gradecería sin hablar, me lo comunicaría con su mirada y luego se iría sin dar razones, de la misma forma como habría aparecido, esfumándose con el cese del aguacero.