miércoles, noviembre 27, 2019

lista de cosas que quiero hacer

 quiero vivir

quiero mandarlo todo a la mierda
quiero coger
quiero bailar rock y música electrónica hasta la madrugada
quiero beber ron y borrarme
quiero drogarme
quiero reírme con amigos
quiero ir a conciertos
quiero viajar
quiero vivir
quiero tener gatitos
quiero aprender a tocar guitarra y escribir canciones de mierda
quiero conocer lugares distintos, todos distintos y semejantes al otro
quiero probar comida diferente
quiero fotografiar bonitos paisajes
bañarme en ríos, playas, lagos, el océano
quiero hablar con distintas personas
quiero perderme en una ciudad que desconozca
quiero vivir y morir joven, pero haber vivido
quiero estudiar lo que me gusta
quiero escribir
quiero dibujar
vivir de lo que me gusta, y dar amor a todo el mundo
quiero vivir,
quiero superar mis miedos, vivir y llorar de la risa
y al final, irme de este mundo sin arrepentimientos, sin pesares, sin la sensación de "quisiera haber hecho tal cosa"

quiero vivir como quiero

martes, noviembre 26, 2019

no soy feliz

 así, no soy feliz, ni un poquito. Estoy triste, oscura, negra, vacía, sin sensaciones, sin sentimientos, sin motivos para seguir, sin ambiciones, sin metas, sin fuerzas, sin algo, con nada. Soy simplemente lo que los demás quieren que yo sea. Quiero dejarlo todo, irme, irme a la mismísima MIERDA perderme de todo, irme definitivamente, irme para siempre, perderme en la nada, desaparecer de todos los que me conocen, simplemente ser nadie, ser nada, no estar en ninguna parte, convertirme en una memoria lejana que sólo se recuerda una vez en la vida y luego se olvida para siempre.

lunes, noviembre 18, 2019

Libros de autoayuda

 Tu vida y la mía terminaron hace algún tiempo. No puedo ni siquiera determinar cuándo dejaste de soñar, o cuando yo lo hice. No recuerdo cuando dejamos de ser dueño de nuestras propias acciones, o cuando nuestra libertad fue arrebatada.


No lo sé. No recuerdo el tipo de persona que eras antes de este instante, pero… eh, ¿A quién le importa eso? No puedes quedarte atorado en un pasado que ni siquiera recuerdas. De hecho, no es siquiera necesario que pienses en planes para un futuro. No hay cosa que importe más que el presente. Esas son las mierdas que nos han recomendado los libros de autoayuda. No hay nada más que importe.

El pasado no importa. El futuro no importa. Lo único que nos queda es el presente. 

domingo, noviembre 17, 2019

El mundo es muy cruel

 ¿Has escuchado el sonido de tu alma siendo desgarrada por la realidad? Es inevitable como la muerte misma, porque vivimos en un mundo que es más cruel que bondadoso.


viernes, noviembre 15, 2019

Julio Lluvioso

 Las épocas de lluvias son mis favoritas. Puedo ver el espectro de mí misma asomándose por la ventana de mi habitación, es el augurio de una muerte inminente. El café me sabe a tierra húmeda de lluvia, el ruido del silencio se esparce por doquier y me estremece. 


Estoy melancólica y me fumo un cigarro mientras espero que algo ocurra. Ya no soy capaz de pronunciar adjetivo alguno, porque ninguno se adapta al vacío que tengo dentro. Es un hueco sin fondo, donde viven demonios que me saludan de vez en cuando y me recuerdan lo miserable y jodida que soy. 

Mi final será absurdo como el desenlace de toda mi existencia, de eso estoy segura porque la lluvia me lo dijo y ella no se equivoca. 

El apetito se marchó hace tiempo y con su ausencia dejó sólo incertidumbre en el estómago, el chocolate me sabe a mierda y todo lo que como lo vomito, excepto el cigarro, y por eso hay tanto humo en mi habitación. En él se reflejan mis males, me susurran junto a la lluvia palabras en un idioma que no sé, pero entiendo que se burlan de mi soledad. 

Mi padre se fue y mi madre me abandonó, por eso no hay nadie que evite mi caía al precipicio. Ya no lloro porque no hay razón. Las razones se marcharon de mí para dejarme desolada, como un desierto donde no llueve desde hace muchos años. Ya incluso la soledad se olvidó de mi existencia, sólo falta que los demonios me lleven consigo a ese abismo que en algún momento comencé añorar como un hogar. 

Un trueno retumba y me saca del letargo. Giro hacia la ventana, donde en otras circunstancias me encontraría con la mirada melancólica de una cayena húmeda, sin embargo, ahora sólo me encuentro el cese de la lluvia que seguro se aburrió de acompañarme en mi lamento silencioso.

Con las pocas fuerzas inhalo el último sorbo de humo y me levanto del lecho. Camino hacia el baño y me paro frente al espejo sucio. Vomito algo que huele como el azufre y al intentar buscarme en el espejo no hayo sino la soledad como jamás la he presenciado. Pues en aquel baño no hay nadie. En mi interior siento desdicha, porque ya no hay solución, y no me queda más que rendirme.

Afuera me espera un hombre cuyo rostro no está. Vestido de negro con un aura maligna, me tiende la mano y me dice algo sobre tener que partir. De pronto me muestra a mí acostada en la cama, y la escena atroz causa intranquilidad en mi espíritu, pues no hay desconsuelo más grande que tener la certeza de no haber logrado nada en mi vida, sin dejar siquiera un recuerdo en el mundo ni una prueba absoluta de que estuve allí. Solo yace allí una masa putrefacta de lo que alguna vez llegó a ser alguien desgraciado, infame, propenso a causar lástima y asco. Con un desasosiego que jamás se irá de mi vacía negra alma, soy arrastrada por la obscuridad hacia el precipicio que alguna vez llegué a ver en mis pesadillas, y el último recuerdo que me queda antes de ser tragada por el olvido absoluto es mi mismo cuerpo, desnudo y maloliente, con gusanos saliendo de la cuenca de sus ojos y el lamento en la ventana de un tierno julio lluvioso. 

miércoles, noviembre 13, 2019

primeros años

Mi nombre es Wanda y según los registros, nací en la madrugada de un nueve de marzo. De mi niñez recuerdo muy poco, sólo que me gustaba pintar un montón. Dibujaba por aquí y por allá, las portadas de los casets del VHS y lo papeles que veía por ahí.

Tenía muchos juguetes, algunos estaban guardados en un extraño tubo largo de cartón duro que sabrá Dios qué era, algunos estaban guardados en cajas, y otros adornaban una mesita. Le tenía miedo a la oscuridad, así que tenía una lampara, una lampara ventilador, es decir, el ventilador en su cuerpo tenía una pequeña bombilla que se quemaba de vez en cuando, y mi padre movía cielo y tierra para comprar otra que sirviera.

Mi cama era anormal. Tenía un armazón súper complejo formado por dos arcos de tubería flexible en cada extremo y una cubierta de tela de velo cubriéndolo todo. Eso era para que los mosquitos no me picaran. La tela era tan fina y delicada que siempre terminaba rota en algún lado, y mi madre siempre la cosía, convirtiéndola así en una tela toda remendada, llena de parches y cinta adhesiva.

Había un ritual para cuando llegaba la hora de dormir, mi madre o mi padre, o ambos me llevaban a mi cuarto y me metían en mi caverna anti mosquitos, rezábamos el ‘ángel de la guarda’, cerraban el velo de modo que nada me molestase en la noche y encendían el ventilador cuya lampara también encendía automáticamente.

Era quisquillosa con la comida. No me gustaba comer casi nada, y eso me produjo un severo caso de estreñimiento. Yo era como una luz en la oscuridad para los mosquitos, tenía toda la piel llena de picaduras, cuan varicela, por lo que siempre tuve que usar pantalones largos y suéteres, nada de shorts ni camisas cortas. Mi cabello siempre fue un desastre porque mi mamá nunca supo cómo peinarlo.

Tenía un patio grande donde jugaba. Subía a los arboles y hacía de ellos centros comerciales. Tuve tres perros, jugué con barro haciendo figuras y pintándolas con tempera. Hice manualidades e inventé varios amigos imaginarios, los cuales un día se fueron para siempre.

Fui muy feliz. Mi único trauma y mayor miedo era que la lucecita de mi lampara se apagase en medio de la noche o que mis padres no escucharan mi llamado para cuando quería orinar en la madrugada. Mi única preocupación fue que mi mamá cocinara sopa, mi comida menos favorita, o no ver a mi papá por más de tres noches seguidas.

No entendía muchas cosas, pero estaba bien. Crecí lentamente, y mis padres me lo dieron todo, excepto un hermanito, pero tuve juguetes y colores para pintar.
Amo lo que fue mi niñez.

cuando el frío no provoca calor

 Fue cuando vi en mi propio reflejo la mirada perdida de un ser solitario, que puede entender lo que significa estar desorientado pretendiendo tenerlo todo bajo control. Entiendo el sentimiento de tener que dejar para siempre lo que se era, sé lo que significa erradicar toda memoria para negar el futuro. Llegar físicamente a una tierra donde lo conocido se desconoce y donde sólo hay rostros difusos, es renegarlo todo y comenzar desde un principio incierto.


Reprimir la frustración es algo de lo que me he vuelto experta puesto que lo concibo con una calma majestuosa y paciencia clemente mientras espero sentada frente a la venta el momento en el que todo acabe. A través de esa ventana se puede observar el ritmo de vida exterior, un ciclo pecaminoso de monotonía en el que participa la sociedad general de un país lejano al mío, donde todos son extranjeros sin excepciones y donde todos sufren el clamor de una esclavitud absurda. Y allí estoy yo, paciente, esperando ese final que nos hace a todos seres humanos. Entonces, mientras pienso en lo que pudo ser y en lo que jamás pasará, al mismo tiempo que anhelo un futuro maravilloso y planeo el orden de acontecimientos fortuitos que certeramente caerán sobre mí, siento el frío viento de una estación confusa, que, a pesar de ser julio, me hela la sangre y ya no me da calor.

Entonces pienso: el final habrá llegado cuando el frío vuelva a producir frío en mí. Puesto que el calor ya no me produce frío, así como el frío no me produce calor.

martes, noviembre 12, 2019

Los Ganadores

En lo más profundo de la oscuridad propia de la noche, a una hora en la que el frío no provoca calor y en un momento de mi vida en el que francamente estoy agotada de convivir con la soledad, me pregunto en voz alta si algún día ganaré.


Me he esforzado, y Dios lo sabe. He hecho lo que está al alcance de mis manos para ganar, he llorado todo lo que un ser humano puede ser capaz de llorar, he corrido hasta que mis piernas no pueden sostenerse en pie, he gritado hasta que mis voz se ha ido por completo, he leído miles de millones de letras cargadas de significado, he observado las más hermosas puestas de sol en los picos de montañas más empinados y he memorizado el olor de todas las queridas nostálgicas y húmedas épocas de lluvias. Lo he intentado, he peleado por ello, me he desvelado, he saboreado la sangre, las lágrimas y el fracaso. He estado a punto de rendirme, cientos y miles y millones de veces, pero he seguido, arrastrándome por el suelo, impulsándome con mis uñas. La esperanza me ha abandonado, y ha vuelto, y me ha abandonado, y ha regresado a mí, me ha observado misericordiosamente, con lástima, apiadándose de mí, quedándose para abandonarme justo al final cuando creí haber ganado y todo había sido una cruel ilusión. He buscado y he rezado, Dios lo sabe y la lluvia también.

Dios sabe que he intentado más que nadie en este maldito mundo, y es inevitable llegar al punto de preguntármelo con seriedad. ¿Valdrá la pena intentarlo tanto? ¿Servirá de algo todo mi trabajo? ¿Algún día ganaré?

Sueño con ese momento, acostada en mi cama rodeada de fracasos y segundas oportunidades sueño con el sabor de la victoria. Sólo puedo fantasear y anhelar con cada célula de mi cuerpo que dicho triunfo no esté tan lejos como lo parece.

viernes, noviembre 08, 2019

Queridas y Nostálgicas Épocas de Lluvias que No Huelo Más

Como cuando comprendí que estaba así de jodida no habré de sentir ninguna otra soledad. Lo sé porque la lluvia me lo dijo.

Era julio, bello húmedo asqueroso verano, ideal para visitar la bahía, Playa Salguero en la puesta del sol, en Santa Marta, o más al oriente, dónde nací cuando el milenio casi culminaba. La lluvia caía inclemente como solía caer siempre por esas fechas, y la tristeza era tan insoportable que ni la sentí.

No supe que estaba así de jodida sino cuando, de la nada, empecé a reír porque sí, y nada importó. No importó todo por lo que luché en la vida, no importó todo por lo que alguna vez me interesé en la vida, el concepto abstracto de lo que consideraba “vida” se marchó de mi mente para siempre, como si nunca hubiese estado allí. Todo se tornó blanco y confuso, tranquilo, como si hubiese hallado la solución al complicado acertijo: “claro, es eso” pensé. La lluvia también lo sabía, ella me lo dijo.

Por esas fechas la cayena húmeda ha de asomarse por la ventana, y yo a miles de kilómetros, revolcándome en mi propia miseria me sonreí al espejo, recordando aquellas queridas y nostálgicas épocas de lluvias que no huelo más y entendiendo lo ignorante que era en ese entonces. Caminando sobre la arena de una hermosa playa en Punto Fijo, clavándome en la planta de los pies miles de conchas y escuchando el llamado del viento del Caribe, susurrándome lo jodida que desde entonces estaba y yo siguiendo ignorante, hasta hoy.

Todos sonríen a mi alrededor, como si se burlarán de mí.

¡Bien, búrlense, imbéciles! ¿Creen que no sé qué estoy jodida? Jódanse. Estoy tan sola que hasta mi propio reflejo en el espejo se burla de mí. No sé quién es ella, horrible, perfectamente maquillada con un labial que realza su belleza, un peinado intrincado y un vestido despampanante, me mira a través del espejo y estoy sola. Debo ser yo, pero es muy perfecta para ser yo, así que lo dudo. Yo estoy jodida, por dentro y por fuera y a mi alrededor. No tengo nada, vacía, sin nadie, sola, sin metas, sin ambiciones, sin motivos para seguir, aparentando ser perfecta frente a nadie, porque no tengo a nadie, ni siquiera me tengo a mi misma.

Ese día, mientras llovía, en el viento escuché un susurro que me motivó a nada. Me sentí tranquila, porque al menos tenía algo: la certeza de no tener nada, estaba jodida. Desde entonces, no he de sentirme acompañada nunca más.

lunes, noviembre 04, 2019

Húmeda cayena

 


Julio húmedo verano, época de lluvias, han de ser sus días favoritos. Queridas y nostálgicas épocas de lluvias que no huelo más. Recuerdo que, de joven, a través de la ventana de mi habitación sentía algo más que humedad mezclándose con el calor y olor a tierra mojada. Querida llovizna, querido trueno, que resonabas y me hacías estremecer profundamente, y que ya no escucho más. Esos días he de estar en solitario con la mirada perdida a través de la ventana, la lluvia inclemente precipitándose al suelo y mojándolo todo, desorientada por el ruido de las gotas colisionando contra el techo y una intranquilidad absurda apoderándose de mí.

La primera vez que he de verla fue un día de lluvia, entonces sentí la sensación de que sólo la vería siempre y cuando estuviese lloviendo. La hora era incierta, el cielo oscurecido por gruesas nubes grises, y la lluvia inclemente, como si el cielo se estuviese cayendo a pedazos. Sólo era yo, mi lectura y la lluvia. Nadie más en casa, y entonces también su mirada a través de la ventana.

La vi, mojada, triste, melancólica, no enojada pero su mirada reprochaba, no a mí, sino a ella misma y desorientada, intentaba preguntarme con sus ojos algo que nunca supe, y que de saberlo, no sería capaz de responder. Me levanté, asustada, y debí haberla alertado, porque escapó, y cuando miré por la ventana, no la vi más.

Supe de inmediato que ella no pertenecía a este mundo, no debía serlo.

Esos ojos melancólicos, hermosos como una cayena, nunca he de olvidarlos.

Ella me visitaría sólo los días lluviosos, y sólo si he de encontrarme sola. Si bien sus intenciones no eran malignas, tampoco eran inofensivas. Su aura denotaba tristeza, una profunda, una que yo no sería capaz de sanar, ni siquiera entender o sentir alguna vez en mi vida. No sabría por qué visitaba mi casa, no sabría por qué asomaba su mirada a través de mi ventana, pero era algo tan certero que se hizo normal en los días lluviosos, solitarios, melancólicos.

Su mirada ha de ser tan penetrante, que podía sentirla incluso aunque la ventana estuviese cerrada. A veces, cuando llovía, yo la abría. Ella me lo gradecería sin hablar, me lo comunicaría con su mirada y luego se iría sin dar razones, de la misma forma como habría aparecido, esfumándose con el cese del aguacero.

viernes, septiembre 13, 2019

El lugar donde no he visto llover

Estoy en un lugar alejado a todo lo que conocía, ahora es mi nuevo lugar conocido. Llegué hace exactamente un año, aquí, al pueblo donde sale el sol todos los días.

Estando aquí no he visto llover. Extraño el sonido de la lluvia pegando fuertemente sobre el techo de mi verdadera casa. El sonido de los truenos retumbando sin piedad, el sonido del viento meciendo sin clemencia los árboles altos de mango en el patio trasero.

Aquí, el cielo está gris, apunto de derrumbarse sobre nuestras cabezas, a punto de llorar como nunca antes lo había hecho, un cielo triste y deprimido que quiere gritar y derramar todo aquello que acumuló desde el Pacífico. Sin embargo, no llueve. Quizás algún rocío, unas gotas casi imperceptibles, pero no llueve.

La lluvia para mí es un tema controvertido. Yo amo/odio la lluvia. En mi verdadera casa, se tenían que dar ciertos factores para que la lluvia fuese bienvenida y amena. No estar sola era el factor principal, preferiblemente con mi mamá, tomando café, con un buen tema de conversación, a eso de las cinco de la tarde.